Quisiera empezar este post confesando que no sé nada de derecho y que lo que sigue nace de mi curiosidad y algunas lecturas recientes. Sirva esto como disclaimer para que se me perdone cualquier error conceptual o de interpretación sobre este complicado tema.

Discutiendo el otro día sobre el problema de la piratería con mi amigo y colega Gerardo Muyshondt (director del galardonado documental Uno: la Historia de un gol) intenté sin éxito balbucear alguna consigna en pro del libre acceso a la información. Mi intensión no era justificar la piratería, desde luego, sino por el contrario abrir un debate en torno a las múltiples formas en las que se puede poner a disposición de la gente el “producto intelectual” de una persona o artista. Como no lo logré en aquella ocasión, voy a intentar hacerlo en este post, prometiendo no extenderme demasiado para no aburrir.
Para abordar el tema de la piratería y el acceso a la información hay que entender un poco mejor todo este asunto de la propiedad intelectual. Lo primero que hay que decir es que las leyes de propiedad intelectual buscan crear una escasez artificial de información, para que los productores de la misma puedan tasarla a un precio mayor a su costo marginal de cero.
Esto ocurre porque la información como un “objeto económico” es entendida como “nonrival”. De acuerdo a Yochai Benkler (2006), un bien es “nonrival” cuando “el consumo de ese bien por una persona no reduce su disponibilidad para que sea consumido por otra persona”.

Yochai Benkler
Esto es particularmente cierto en el mundo digital, en el cual crear una copia de la información es un acto sencillo y prácticamente gratuito (de ahí que el costo marginal de la información sea igual a cero). Tal como suele ilustrar Larry Lessig en sus charlas, casi cualquier uso de información en el mundo digital de hoy “produce” una copia. En el pasado no ocurría así: prestar un disco o un libro impedía que yo lo consumiera (se podía hacer una copia, pero en el mejor de los casos era un proceso bastante más engorroso y “costoso” que el del presente). Hoy “prestar” música o libros no es otra cosa que darle una copia a un tercero. Es por ello que quizás la sensación de “robo” no sea tan palpable cuando se comparte un disco o una película, contrario a lo que ocurre cuando se roban, por ejemplo, unas manzanas en un abasto. Resumiendo lo anterior, las leyes de propiedad intelectual buscan hacer “costoso” el acto de copiar el producto intelectual de un tercero, para que éste pueda venderlo a un precio mayor del que le cuesta reproducirlo. Hoy en día, ese costo, entendido como dinero y tiempo, pero también como la probabilidad de que te pillen reproduciendo material protegido, es muy bajo, razón por la cual la gente lo hace con tanta frecuencia y con tan poca culpa.
Hay un segundo elemento característico de la información como objeto económico que es importante considerar cuando se piensa en la relación entre la propiedad intelectual y los medios digitales: lo que los académicos como Benkler llaman “on the sholder of giants effect” o el efecto de estar “sobre los hombros de gigantes”. Tal efecto se refiere al hecho de que la información es a la misma vez producto y materia prima. Es decir, para producir información hoy, debo tener acceso a la información que otros han producido en el pasado. Lessig suele decir lo mismo de manera más simple, cuando afirma que “toda la creatividad se construye sobre el pasado”. El mismo Gerardo tuvo que recurrir a material producido por terceros para armar su documental (imágenes de la FIFA y de reportajes sobre la guerra que vivió El Salvador en los años 80). El problema que surge con la propiedad intelectual es que encarece el acceso a esa información del pasado, limitando por lo tanto la posibilidad de que otros accedan a ella y/o la usen para construir nueva información. Usando a Gerardo nuevamente como ejemplo, aquellos que deseen ver su documental fuera de El Salvador no podrán hacerlo, pues el costo de los derechos del material de la FIFA para toda Latinoamérica hacen extremadamente caro al documental, impidiendo así el acceso a su producto intelectual. Lo mismo ocurre con cualquiera que quiera usar el trabajo de Gerardo para construir un nuevo producto, sea este un documental o algo tan sencillo como un reportaje.
Aquí es donde viene mi intento de esgrimir un argumento en favor del libre acceso a la información.
Evidentemente, mientras más gente tenga acceso a la producción intelectual de terceros, mejor estaremos como sociedad, pues habrá mayor y mejores productos creativos. A todos nos interesa que hayan más Gerardos por allí, invirtiendo tiempo y dinero en contarnos una historia fabulosa como la de UNO. El problema es conseguir el balance exacto entre la protección del trabajo de Gerardo (o cualquier otro “productor de información”) y la libertad de distribuir y acceder a la información sin barreras. Bajo una concepción de mercado tradicional, tal cosa no es posible. Visto rápidamente, lo más lógico es hacer cada día más fuerte y rigurosa la legislación sobre protección intelectual, para que esa “escasez artificial” siga existiendo y gente como Gerardo consiga el estímulo económico para producir. Pero a mi me parece ingenuo pensar que no habrá quien copie y distribuya “ilegalmente” su documental, pues como ya comentamos, hacerlo hoy es prácticamente gratis. Lo que tenemos que hacer es idearnos nuevas maneras de estimular a los productores de información sin que para ello se tenga que depender de la “venta” de la misma.
Creative Commons y las economías híbridas de Lessig son una primera y brillante respuesta, pero por un asunto de tiempo y espacio, lo dejaré para otro post. Prefiero cerrar con un ejemplo elocuente de lo que creo debemos intentar comprender mejor y, si es posible, emular.
En el año 2000, el MIT dio vida a una idea muy audaz bajo el nombre de OpenCourseWare.
Para quienes no lo conocen, OCW es, tal como lo dice en su sitio web,
“a web-based publication of virtually all MIT course content. [...] is open and available to the world and is a permanent MIT activity”.
Dicho en castellano sencillo, OCW es el MIT literalmente regalando el contenido que utiliza en sus clases.
Desde su creación a hoy, OCW acumula 2000 clases completamente disponibles en su sitio, el cual ha sido visitado más de 100.000.000 de veces. No solamente usan su sitio web para distrubuir el material, sino que se apoyan en sitio como YouTube, Flickr y iTunes U.
MIT es claramente una institución con fines de lucro, cuyo “core business” está en la producción de información. ¿Qué hace que regalen todo lo que producen y lo que usan para poder producirlo? ¿Cómo es que ven un beneficio en poner a disposición de la competencia todo el material que da forma a sus clases? ¿Qué los motiva?
Responder a esas preguntas (y muchas más) es necesario si queremos entender mejor el complejo mundo de los medios digitales y el enorme poder que hay en ellos si sabemos sacarle todo el provecho.
¿Qué les parece si conversamos de esto?